¿Alguna vez te has sentido tan débil, que por más que escales entre las rocas, sabes que caerás al barranco?
Bueno, este es uno de esos momentos.
Ahí me encontraba yo, sentada, con las manos cruzadas, en galantes vestimentas, un vaso con agua a medio llenar y un acompañante a mi lado.
Observaba de una esquina a otra la habitación en la que me encontraba, era tan nueva a mi vista, tan diferente, tan inusual...que simplemente no encajaba en esas cuatro paredes.
Sin embargo, había algo dentro de mí que espetaba variadas veces "ya has estado aquí" y yo no comprendía aquello, puesto que por más que luchaba por recordar, simplemente no brotaban de ninguna forma, alguno de esos lapsos memoriales que tienes al haber visitado un sitio. No.....mi mente desertaba en pensamiento.
Poso mi vista ahora en la persona junto a mí, esta hablaba con ímpetu, con un vigor excepcional, todo a mi favor, cosa que me robó una leve, casi imperceptible sonrisa y un suspiro de aliento. Lo hacía tan bien, tan elaborado, después de todo, es lo que hace un abogado en los juicios, defender a su cliente.
Porque en esa sala me encontraba, en una penal, con las usuales personas: un juez, abogados, acusado y acusador y la escasa muchedumbre a las espaldas de uno sentada, aunque a las mías, apenas y había un alma.
Mi defensor paró, yo le felicitaba en mis adentros, no había otro mejor para demostrar que era inocente, que todo un tiempo lo fui y que si me encontraba ahí, era por una trampa bien elaborada.
Tomó asiento y le dediqué una cálida sonrisa, pero esta se desvaneció al ver al juez, aquel demostraba un notable desinterés a lo dicho por mi abogado.
Desde ese segundo, mi fortaleza comenzó a debilitarse.
El protector del acusador se levantó, tomando espacio en el campo de batalla, sí.. así me sentía, como en un lugar en el que se luchaba a muerte por la ganancia de alguno....y aclaró su garganta. Creo yo, ese sonido fue el sonido de mi declive ulterior.
Cada palabra, cada sílaba, cada simple expresión que emitiera el detractor, era un metro más abajo, puesto que el juez mantenía una atención absoluta en su hablar.
No veía salida, no veía escalada, con tan poco dicho, mi enemigo había sumado puntos hacia la victoria y yo....me entregué al desespero.
En el momento que mi opuesto se sentó, yo me levanté para hablar, para demostrar una vez más, que no tenía culpabilidad en el asunto y que mi inocencia era tan palpable como lo era una roca.
Pero fue en vano.
Un "siéntese" me fue suficiente para alcanzar el suelo, para percibir la dura y molesta realidad. Trataba con un juez escéptico, uno que ignoraba a todo medio, cada una de mis palabras, sepultando todo rastro de esperanza en mi.
No sentí en que momento me desvanecí en la silla, no ví absolutamente nada, apenas percibía los olores a mi alrededor. Sólo mis oídos se encontraban en condiciones excepcionales, en espera....en la vil espera de mi sentencia.
No hay comentarios:
Publicar un comentario